martes, 27 de marzo de 2012

Lenguaje y velocidad cerebral

Lenguaje y velocidad cerebral

El lenguaje constituye en primer lugar un hecho sensorial, que recibimos con el oído o la vista. La primera impresión de lo que escuchamos nos llega con los golpes de voz, y en ese momento el cerebro humano descodifica fonéticamente una clave que le permite adentrarse luego en las ideas. El sonido pone la llave y abre la puerta. Pero lo hace con una celeridad que supera todas las velocidades conocidas. Diversos subprocesos mentales que estructuran la comprensión del lenguaje quedan superados mediante una suerte de conexión ultrarrápida entre nuestras neuronas y nuestros sentidos. Ni siquiera necesitamos que las palabras se completen. Como nos han enseñado los psicolingüistas, analizamos su contenido sobre la marcha, con un desfase de tan sólo dos sílabas entre los fonemas y la aplicación de sus significados. Incluso el sentido parcial que se esconden en los sufijos o las derivaciones queda identificado a una velocidad de ensalmo. A menudo, la mente humana hasta prescinde del código de acceso completo, y le bastan las primeras sílabas, a veces el mero golpe de voz inicial, para comprender la palabra entera. Así, un vocablo común puede quedar descifrado en 150 milisegundos, porque el cerebro humano es sobre todo una inteligencia verbal, que llega incluso a separar el proceso de registro y el de análisis pese a que se producen casi simultáneamente; y casi en las mima fracción elabora la comprensión gramatical y sintáctica.  Esos 150 milisegundos representan muy escaso tiempo, pero la relación entre lo que dura el sonido y lo poco que tardamos en descifrarlo nos lleva a pensar que la onda sonora de esa palabra ha ocupado mucho espacio relativo a nuestra mente durante el reducido margen en que la hemos tenido sobre ella, un momento en el que los fonemas han cumplido un protagonismo brutal.

El cerebro humano analiza el sonido de cada letra con una facilidad irracional. Parece increíble, cuando se analiza racionalmente, que la mente pueda descodificar con tanta celeridad el sonido "be" de la palabra "bato" como disímil del fonema "pe" del término "pato", y distinguirlos como dos seres semánticos muy diferentes cuando en su fonética se muestran casi idénticos. La sutilidad de la maquinaria lingüística resulta asombrosa, y más aún cuando se desmenuza en un laboratorio: tanto "be" como "pe" se pronuncian gracias a la unión de los labios y su posterior apertura explosiva; pero al lanzar el primero de estos sonidos se da una vibración de las cuerdas vocales algo distinta de la que precisa el segundo. La diferencia entre ambos estriba en que las cuerdas comienzan a vibrar antes al pronunciar "be". Contar el tiempo de esa distancia mueve a la perplejidad: en el caso de "pe", los pliegues vocales comienzan a vibrar unos 40 milisegundos después de que se separen los labios; y en la pronunciación de "be", esa vibración se adelanta unos 20 milisegundos. Y el oído lo distingue.

La capacidad sonora de la parte del  cerebro que percibe el sonido del lenguaje parece, por tanto, superior a nosotros mismos.

¡Increíble!

Tomado de La seducción de las palabras, Álex Grijelmo.

2 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Parece mentira las cosas que puede hacer el cerebro humano y que luego seamos tan zopencos ;-)

S. Cid dijo...

Miguel: Sí, jajaja, mira que lo somos.

Yo no dejo de maravillarme cada vez que leo cosas de estas por el sofisticado ordenador que tenemos ahí arriba. Es increíble las cosas que hace.

Belén 2013

Belén 2011